jueves, 9 de agosto de 2007

Carta a una desconocida casual

Hola desconocida,

Sólo unas palabras para una carta inútil que nunca recibirás. Supongo que ya me habrás olvidado o quizás sea sólo cuestión de un par de horas. Sí, el chico moreno y bajito que te ha tocado sentado en frente tuyo en el vagón de metro, el lunes, sobre las 10 de la mañana.

Solo han sido unos 20 minutos, pero supongo que te has dado cuenta de que no podía dejar de apartar la mirada del relato de Cortázar que estaba leyendo para admirarte.

25 años aproximadamente, camiseta blanca de tirantes y pantalones negros muy ajustados.

No llevas pendientes en las diminutas orejas, en cambio si un anillo en el anular del pie derecho, supongo que eso me hace pensar en una cierta independencia que me gusta.

Uñas cortas y pintadas de esmalte casi transparente que concuerdan casi a la perfección con el blanquecino de tus dedos huesudos que mueves lentamente alrededor del asidero del asiento, como si ejercitaras los dedos para tocar un teclado.

Pelo castaño ondulado y un poco apelmazado por la humedad del día, labios gruesos y pintados color rojo granada, comisuras cerradas pero en el centro una pequeña abertura en forma de triángulo negro que te da un toque de musa francesa de los años 50. Labios apetecibles como una cereza fresca y madura en un caluroso día de playa, y un equilibrio perfecto de suavidad, ternura y humedad.

Piel de mármol griego, la puedo soñar, casi acariciar y besar, cuello fino y suave, suave como nada que se pueda inventar, solo imaginar y sentir.

Un proporcionado escote en el que puedo verter mis fantasías casi automáticamente. Debe ser una talla 90 y en el vertiginoso canal se aprecia el calor de una típica mañana de agosto en Barcelona que también ha logrado que descuides tapar el sostén negro que se asomaba sin vergüenza, aunque esto último no parece preocuparte demasiado.

Tu mirada cansada, con los párpados ligeramente cerrados, me obliga a elucubrar: quizás porque te has dado cuenta de que otro imbécil como yo se ha quedado perplejo al descubrirte y ya no te apetece disimular y hacer ver que no existo. O quizás por que, como casi todos, acabas de descubrir que la felicidad siempre es intermitente o por que simplemente tienes demasiado calor como para posar.

No pareces ese tipo de chicas que han crecido orbitando alrededor de su belleza. Quizás tu familia no lo permitió, quizás fuiste de esas que la descubrió con un cambio de viento a modo de patito feo o quizás a lo largo de tu vida no te lo han repetido suficientemente.

Me pareces ese tipo de chicas frágiles pero que les gusta dormir sin que les abracen. De las que no necesita opiniones para comprarse unas gafas de sol. De las que van al cine sola. De las que conoce su potencial creativo pero no tiene grandes expectativas en el. De las que les gusta la poesía, la música en vivo y los besos lentos y dedicados. De las que no se preocupa por las fechas. De las que improvisa. De las que cuenta chistes sin mas temores delante de 10 amigos varones. De las que no sienta cátedra sobre los temas que no conoce. De las que no empieza una conversación sin tener esperanzas de cambiar de opinión gracias a los comentarios de su compañero. De las que disfruta el vino tinto. De las que interpreta siempre un mismo papel. De las que hacen de su infinita curiosidad la mayor de sus virtudes. En fin, de las que me gustan.

Cuando llega mi parada guardo el relato que más tarde tendré que releer, me levanto, me agarro a la barra y justo antes de que las puertas se abran, me giro como unos 90 grados a la derecha, como quien se reserva la última cucharadita del tiramisú para después del café. Me desafías y salgo tomando aire lentamente.

Lástima que ahora no me queden fuerzas para pensar que todo esto pueda ser verdad y que esté convencido de que, como en la mayoría de los casos, nos enamoramos precisamente de lo que queremos creer y posiblemente eso, precisamente hace tan maravilloso el amor temporal......¿o es que existe otro?

No hay comentarios.: